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“Pocos jugadores han permanecido de manera tan firme en el interés público, pese a prolongados períodos en los que han optado decididamente por alejarse de la escena del tenis. Pocos tuvieron la oportunidad a los cuatro aos de ser filmados cuando peloteaban con grandes campeones como Bjrn Borg, Ilie Nastase o Harold Solomon”. John Parsons, especialista de The Daily Telegraph y minucioso seguidor de este deporte hasta su deceso, glosa así a Andre Agassi en The ultimate encyclopedia of tennis (Carlton).

El apunte está escrito en la mitad de su carrera, cuando había conquistado tres de sus ocho títulos del Grand Slam, además del oro olímpico, para sumirse después en una de las fases de inapetencia por la raqueta. Moehringer como si del protagonista se tratara.

Ya retirado, tras disputar su último partido en la tercera ronda del Abierto de Estados Unidos de 2006, ante Benjamin Becker, Agassi pasa revista a una carrera que dio para mucho en las pistas y fuera de ellas. Open: Mi historia (Duomo Ediciones) arranca precisamente por el epílogo de la larga vida tenística del jugador de Las Vegas, cuyos episódicos alejamientos de la cancha le permitieron dilatar su trayectoria y conseguir los mejores resultados en el tramo final de ésta.

“Soy un hombre joven, relativamente joven. Tengo 36 aos. Pero despierto como si tuviera 96. Después de tres decenios corriendo a toda velocidad y deteniéndome en seco, saltando muy alto y aterrizando con fuerza, mi cuerpo ya no me parece mi cuerpo, sobre todo por las maanas”. La confesión remite a las horas previas al enfrentamiento con Marcos Baghdatis en Nueva York, resuelto de su lado en cinco sets, en la que fue su última victoria. Agassi era ya un superviviente, un hombre mayor para un juego casi de nios, un tipo que había convertido en su razón de ser la actividad a la que llegó impelido por el carácter autócrata de su progenitor; estimulado por el triunfo, por la capacidad para irse y regresar con sumo éxito.

“Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado”. La aseveración no es fruto del hartazgo, sino que tiene su génesis en los comienzos del chico que se hizo profesional a los 16 aos llevado por la determinación de su padre, un ex peso gallo iraní que participó en los Juegos Olímpicos de Londres (1948) y en los de Helsinki, cuatro aos después, y se aficionó al tenis cuidando las pistas a unos soldados después de la II Guerra Mundial.

“Violento por naturaleza, mi padre está siempre preparándose para la batalla. Se pasa el día haciendo que boxea pero sin contrincante. Lleva un hacha metida en el coche. Sale de casa con un puado de sal y otro de pimienta en el bolsillo, por si se ve envuelto en una pelea callejera y tiene que cegar momentáneamente a alguien”.

Emmanuel Mike Aghassian encontró en Andre, el menor de sus cuatro hijos, la última vía de enganche con el sueo americano, la posibilidad de escapar de una sucesión de frustraciones que no dio por terminadas ya con el rentable trabajo en el casino de Las Vegas. Andre se confiesa como la última esperanza del clan Agassi, y esa responsabilidad le persigue en el amanecer de su carrera, que se proyecta desde la Academia de Nick Bollettieri, en Florida, germinando en él un carácter rebelde y transgresor, que le generó animadversión entre ciertos sectores del periodismo y algunos de sus contemporáneos.

Saltó del sometimiento al viejo púgil frustrado a las enseanzas de un antiguo oficial de paracaidistas. Bollettieri fue el forjador del prodigio que se metió entre los cien primeros de la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales) siendo aún un temprano adolescente. Pese a ello, y pese a que los triunfos tardarían muy poco en llegar, no logró neutralizar cierta vena resentida e iracunda, que perseguiría al cuatro veces campeón del Abierto de Australia, doble ganador del Abierto de Estados Unidos, vencedor en Wimbledon y en Roland Garros.

Hasta que logró, en el All England Club el primero de los majors, llevó colgado el sambenito de ser poco más que una imagen, el joven que jugaba con vaqueros y adornaba su cabello con extensiones para disimular la precipitada alopecia. “Los comentaristas deportivos me machacan por ello. Dicen que lo que quiero es llamar la atención, destacar sobre el resto. De hecho como con mi cresta mohicana , lo que intento es ocultarme. Dicen que pretendo cambiar las costumbres del juego, cuando en realidad lo que procuro es que el juego no me cambie a mí”.

Agassi eligió a J. R. Moehringer después de leer sus memorias de juventud, The tender bar. Premio Pulitzer gracias a un artículo publicado en Los Angeles Times, el autor imprime al libro, fruto de meses de conversaciones con el ya ex tenista, ritmo y poder cautivador. En el momento de su aparición, la obra, que cuenta con dos millones y medio de lectores y ha traducido Juan José Estrella González, gozó de un impacto inmediato debido a la revelación de que Agassi dio positivo por consumo de metanfetamina de cristal. La Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) consideró sus alegaciones y no le impuso castigo alguno. Fue en 1997, poco después de cerrar en Múnich un curso para el olvido. “Slim echa un montoncito de polvo sobre la mesa del centro. La corta y la esnifa. Vuelve a cortarla. Esnifo un poco. Me echo hacia atrás, apoyo la espalda en el sofá y pienso en el Rubicón que acabo de cruzar. Durante un instante me arrepiento, y a continuación me invade una inmensa tristeza. Y entonces llega una oleada de euforia que se lleva de mi mente todo pensamiento negativo, todos los pensamientos negativos que he tenido en mi vida”. Al hombre llamado Slim le cataloga como su “asistente”. La sustancia tiene carácter recreativo, lo cual hubiera implicado tres meses de suspensión, un nuevo stop, esta vez prescrito por las instancias disciplinarias. La experiencia se repite varias veces. “Además del subidón que me da colocarme, obtengo una satisfacción clara en el hecho de perjudicarme a mí mismo y de acortar mi carrera. Después de tantos aos coqueteando con el masoquismo, ahora lo convierto en mi misión”. Gracias a una carta no exenta de mentiras y al peso que su nombre ya había adquirido, elude la sanción. En cualquier caso, con 27 aos, y víctima de una nueva crisis, ha de regresar al punto de partida: se desploma hasta el puesto 141 del ranking.

Agassi y sus puntuales excesos. Agassi y sus mujeres. Open: Mi historia es un bocado suculento también para los amantes del papel cuché. Recoge desde la primera novia oficial, Wendi Stewart, a quien conoció en su etapa estudiantil, hasta la madurez al lado de Steffi Graf, la madre de sus dos hijos, junto a la que disfruta de una dorada jubilación. Hay páginas para Barbara Streisand, recuerdos de una relación poco más que cosmética.

Y un cuento de hadas sin final feliz: el campeón de tenis hechizado por una estrella de Hollywood. El 19 de abril de 1997 se casa con Brooke Shields. La boda tiene lugar en Monterrey. Abandonado por Wendi, encuentra en la actriz una mujer con servidumbres comparables a las suyas en su formación. “Descubrimos que, a pesar de que, en su aspecto externo, nuestras vidas son muy distintas, compartimos unos puntos de partida similares. Ella sabe muy bien qué es criarse con una madre estridente, ambiciosa, insistente, que ejerce de madre de artista. Su madre ha sido su representante desde que ella tenía 11 meses”.

Durante su largo noviazgo con Shields, la candorosa protagonista de El lago azul, recuperará el equilibrio anímico y profesional. En el camino, ha perdido a Wendi y a Nick Bollettieri, quien le comunica por escrito su renuncia a seguir entrenándole, pero en su rincón conviven ahora la bella Brooke y, lo que es más importante para otro repunte en las canchas, su colega y compatriota Brad Gilbert, recientemente retirado. El cambio culmina con la victoria en el Abierto de Estados Unidos de 1994. Shields le afeita la cabeza y consigue la estampa menos artificiosa del campeón.

Gilbert, ganador de 20 títulos y bronce olímpico en Seúl, predica con el ejemplo. Siempre fue un jugador canchero, poco brillante, pero muy efectivo a la hora de sacar provecho de las pocas o muchas debilidades de los adversarios. Su primer mandamiento para Andre es atenuar el afán perfeccionista. “No tienes por qué ser el mejor jugador del mundo cada vez que sales a la pista. Te basta con ser mejor que ese tío en concreto. En lugar de ser T el que triunfe, consigue que sea L el que fracase”, le dice.

Hay alguien que no se ha movido de su lado. Ese gigante de fachada vigoréxica que ocupa una de las imágenes, con toda la traza de haber salido de una película caera de serie B, es nada menos que Gil Reyes, el gurú que mucho tiempo después sedujo también a Fernando Verdasco, fascinado por sus métodos. Salido de la Universidad de Nevada Las Vegas, devino en un personaje capital no sólo en la conformación atlética de Andre Agassi desde 1989. Lo que comenzó siendo una relación puramente profesional alcanzó el grado de una estrecha amistad. Baste un detalle que va más allá de lo anecdótico: el primer hijo del tenista y Steffi Graf se llamará Jaden Gil. Después vendrá una nia, Jaz Elle. Agassi encuentra en Gil Reyes a su auténtico hombre de confianza. “Le digo que mi vida no me ha pertenecido ni un solo día. Mi vida siempre le ha pertenecido a otros. Primero a mi padre. Después, a Nick [Bollettieri]. Y siempre, siempre, al tenis”. Gil Reyes tiene un orificio de bala en una pierna. Creció en Las Cruces, Nuevo México, donde su familia se dedicaba a la recolección de pacanas y algodón. Se hizo mayor en Los ngeles. De allí posee el recuerdo perenne del plomo. “Dice: sólo los fuertes sobreviven, verdad? Pues bien, en nuestro barrio no podíamos permitirnos las pesas, así que nos las fabricábamos nosotros mismos”.

Difícil sería entender la historia de Agassi sin el dilatado pulso con Pete Sampras, junto a quien protagonizó una de las grandes rivalidades de la historia de este juego. Jugaron 34 veces, con 20 triunfos de su adversario. “Siempre me ha parecido que la prensa deportiva exageraba las diferencias entre Pete y yo. Parecía demasiado conveniente, demasiado importante para el público, para Nike y para el juego, que fuéramos dos polos opuestos, los Yankees y los Red Sox del tenis. El jugador con el mejor saque enfrentado al jugador con el mejor resto. El chico reservado de California contra el chulo de Las Vegas”.

Regresa al número uno del mundo con 33 aos, pasando a ser el jugador más veterano en tocar la cima. Tiene tiempo para medirse con Federer “el tenista más regio que he visto” y con Nadal, ante el que disputa su último partido en Wimbledon, ocho aos atrás. “Una bestia, un fenómeno, una fuerza de la naturaleza, el jugador más fuerte y a la vez más grácil que he visto nunca”.
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