zapatillas nike air max 95 En el Hospital Angeles manda el cajero

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A las 9 de la noche el médico de la anciana de 89 aos urgió “una operación inmediata porque hay peligro de muerte”, pero el cajero del Hospital Angeles decretó: “no hay servicio, si no pagan por adelantado”.

De nada valió el estado grave de la anciana, las reglas son las reglas, y el empleado del hospital estaba decidido a hacerlas valer.

Se impuso el hombre de la caja, y doa Esperanza, con sus funciones trastocadas por un coágulo sanguíneo en el cerebro, tuvo que esperar un implacable regateo de once horas, para que le abran las puertas del quirófano.

En esas once horas, el cajero Antonio Pérez Hernández exigió dos cheques por 100 mil pesos en total, y además un “baucher” firmado en blanco, y también un pagaré, firmado, en blanco.

No lo dijo, pero lo hizo, en la madrugada de un domingo, sólo con una llamada telefónica, congeló una cuenta bancaria para asegurarse que los cheques tuvieran fondos. Eso lo sabría después la familia.

Habló de un costo total del “servicio”, de alrededor de 300 mil pesos.

Y se negaba a perdonar una sola de sus exigencias.

El doctor Gerardo Guinto Balanzar, que diagnosticó y operaría, presenció parte de la negociación y bajó sus honorarios de 70 mil a 60 mil pesos.

La familia de doa Esperanza buscó una segunda opinión sobre la urgencia de la operación, y llevó a la anciana al Instituto de Neurología. Allí les confirmaron que el diagnóstico, lamentablemente, era correcto y que el doctor Guinto Balanzar era el indicado para atacarlo.

En horas de la madrugada, con la angustia del peligro de muerte de su abuela, Luis Castillo fue y vino de regreso al Angeles, para toparse una vez más con la férrea exigencia del cajero.

Mientras se discutían las peticiones y las posibilidades de la familia, a Esperanza Morales Carrillo no le dieron ni una aspirina.

Era el sábado 8 de marzo. Horas antes la anciana empezó a manifestar disfunciones en todas sus facultades. El médico que la atendió semanas antes, cuando recibió un golpe en la cabeza al caerse en casa de una de sus hijas, recomendó ir a ver a Guinto Balanzar.

Pago por adelantado. Luis, abogado de profesión, tuvo que ceder a los requerimientos del cajero Pérez, pues comprendió que no había otra forma de que atendieran en el Hospital Angeles a su abuela.

Y las horas pasaban, y el diagnóstico médico obligó a Luis a ceder ante el cajero, aunque sabía que abusaba de la situación.

El nieto firmó el “baucher” en blanco y creyó que todo estaba resuelto, firmó un cheque en blanco y se lo dejó a su padre, Jaime Castillo, hijo de doa Esperanza, para que lo llene por la cantidad requerida, y complete la gestión de ingreso de la anciana.

Luis se fue a su casa a descansar después de un largo día de ir y venir con la enferma.

Jaime preguntó y llenó el cheque firmado en blanco por la suma de 20 mil quinientos pesos que le dijeron que era el costo de la “admisión” de la paciente.

Pero allí no terminaba el asunto.

El cajero, quién sabe de dónde sacó un nuevo requisito: “Hay que dejar otro cheque por 138 mil pesos”.

A Jaime no le explicaron porqué esa cantidad, quién sabía, antes de recibir a la anciana, cuál sería el costo total del tratamiento?.

Además, Jaime ya no tenía otro cheque. Despertó a su hijo por teléfono a las 4 de la maana y le pidió traerle el documento.

Luis vino con el cheque, pero aclaró que no tenía más de 100 mil pesos en el banco. Hubo una larfga discusión, mientras doa Esperanza seguía esperando a ser internada.

A Pérez se le dijeron que sólo había 100 mil pesos en el banco, y pidió 100 mil pesos. El segundo cheque se llenó por 79 mil quinientos pesos, para completar los 100 mil.

Ese fue el momento en que el cajero Pérez hizo una llamada por teléfono que dijo fue al Banco Bital, para “congelar” la cuenta de Luis. Y sí habló al banco, porque pidió y le dieron la dirección del cuentahabiente y otros datos.

Era domingo, y no daban las 8 de la maana. Luis preguntó a Pérez a quién le había hablado, pero el cajero se negó a informarle.

Luis es abogado, y sabía que allí se cometían graves irregularidades, pero su abuela seguía esperando una operación salvadora.

Argumentó leyes y reglamentos y se negó a firmar un pagaré en blanco, para garantizar “el resto del costo”. Felizmente el cajero cedió esta vez y por fin a las 8 de la maana doa Esperanza pudo ser admitida en el hospital.

El médico Guinto aconsejó a los parientes de la anciana que compren algunas medicinas para el periodo posoperatorio, les dio una lista, para evitar que el hospital se las cobre a precios excesivos.

Todavía faltaba algo. La operación fue todo un éxito. La mujer respondió favorablemente y pudo salvar su vida. Pero los problemas seguían. Luego de la intervención, en le hospital le informaron a Luis que necesitaban cinco donadores de sangre y uno de plaquetas.
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