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Voces de muerte en Colombia, voces de vida en Panamá Por: Nelson Matta Colorado

Ilustrado por: Esteban París La programación habitual de Radio Guatapurí se interrumpió de manera abrupta en la maana del 10 de marzo de 2003. Un guerrillero se apoderó del micrófono y lo que dijo al aire atemorizó a los residentes del departamento de Cesar: “recojan el cadáver de Javier Araújo en Becerril. Y a su hermano Edier le decimos que no se va a salvar, así se esconda bajo la tierra. Esa familia es objetivo militar de las Farc”.

La muerte y la amenaza era un nuevo capítulo en la historia de terror que la insurgencia estaba infundiendo en los Araújo Ramírez, un clan dedicado a la ganadería y venta de quesos en el norte de la región.

Delsy Valera Manjarrés, sobreviviente de aquellos días aciagos, recuerda que a principios del siglo XXI la prosperidad le sonreía a la familia. Sus integrantes poseían fincas ganaderas en la zona rural de Becerril, que sumaban más de 3.000 hectáreas, y un prometedor negocio de derivados lácteos para distribuir al por mayor.

Ella estudió Diseo Textil en Bogotá y se casó con Edier José Araújo Ramírez, con quien tuvo dos hijos, Valeria y Moisés.

La pesadilla inició cuando el Ejército instaló una base temporal en uno de sus predios, llamado Estados Unidos, en el marco del Plan Colombia, una ofensiva de las Fuerzas Armadas para expulsar a la subversión de sus áreas de control.

Las Farc, que delinquían en esa zona, vieron con malos ojos la presencia de los uniformados y comenzaron a intimidar a los Araújo, tildándolos de informantes y hasta de paramilitares. La situación empeoró cuando José Javier Araújo Ramírez decidió lanzar su campaa política por el Concejo.

Ruina total El 28 de febrero de 2002, cuando Delsy estaba de cumpleaos, la celebración fue opacada por una nefasta noticia: secuestraron a José Javier.

Un trabajador de la finca, al parecer amangualado con los delincuentes, lo convenció de ir a buscar un toro perdido en el monte, y en la maleza lo esperaban los secuestradores. La guerrilla le mandó a decir a Edier José que si quería volver a ver a su hermano, que se intercambiara por él.

“Tú no vas para allá, porque te van a matar”, le advirtió su esposa Delsy.

La zozobra duró hasta el día en que los asesinos se tomaron la emisora y revelaron que José Javier estaba muerto. Sus seres queridos tuvieron que hacer la penosa tarea de ir a recoger el cuerpo, abandonado en una carretera cercana a la finca Estados Unidos.

Durante los nueve días del velorio, los insurgentes saquearon las haciendas, robaron más de mil reses y caballos, destruyeron la fábrica de quesos y daaron las casas. Arrasaron con el patrimonio familiar, la ruina fue total.

Sus miembros tuvieron que desplazarse, albergándose en diferentes municipios de Cesar, en viviendas de amigos y parientes. Delsy, su marido e hijos rodaron por Valledupar y La Paz. En esta última localidad, la mujer consiguió un empleo como profesora en el colegio La Candelaria, mas hasta allá los persiguió el conflicto armado.

El sector era dominado por huestes paramilitares, que al enterarse de que Edier José era víctima de la guerrilla, quisieron reclutarlo. l los rechazó y así cargó con el lastre de su enemistad.

Un día estaba en una gallera, actividad que solía practicar desde joven, y entre el bullicio de los apostadores y el cacareo de las aves, un amigo le contó que por ahí corría el rumor de que los “paracos” lo iban a matar.

Ante la alerta, Delsy y una hermana juntaron dinero y le compraron un pasaje en el primer vuelo a Panamá.

“Me van a mandar como un paquete”, lamentó Edier.

“Pero al menos tienes la vida”,
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replicó la cónyuge.

Delsy se quedó con los dos infantes, mientras el marido se instalaba en el otro país y buscaba los medios para trasladar rápido a la familia.

Las intimidaciones no pararon. Los paramilitares entraban con frecuencia al colegio, como si estuvieran de recreo, y una tarde amenazaron al rector y a varios maestros. “Demás que después sigo yo”, presintió Delsy, y renunció en 2003 para dedicarse a la venta de manualidades y artesanías.

Del otro lado, la guerrilla no cesaba las presiones. Llamaban por teléfono y amedrentaban con robarse a los nios si Edier no aparecía. Incluso había seguimientos en la calle. La mujer estaba a punto de enloquecer.

Empezar de cero Al tiempo que Delsy y sus hijos trataban de esquivar la violencia, Edier, el otrora próspero ganadero, contaba los centavos para sobrevivir. Se hospedó en un hotel de Ciudad de Panamá, sin conocer a nadie, y cuando se acabó el dinero pidió que lo dejaran trabajar en la cocina lavando platos.

Un judío se enteró que sabía de gallos y le ofreció empleo, cuidando sus aves de corral en un sector conocido como Alcalde Díaz. Con la plata adquirida le alcanzaba para alquilar un cuarto.

A los seis meses presentó la documentación ante la Acnur y la Oficina Nacional para la Atención de los Refugiados (Onpar). Delsy le envió las pruebas de que era un desterrado por el conflicto interno, incluyendo la grabación con las funestas proclamas de las Farc en Radio Guatapurí. En apenas un mes consiguió su estatus de refugiado.

A finales de 2003 llegó su esposa, quien consiguió trabajo cosiendo ropa en un taller de modistería. Edier, después de cuidar los gallos del judío, fue guardia de seguridad, chofer y vendedor de arepas, ningún oficio le quedó pequeo, con tal de asegurar el sustento de sus seres amados.

Valeria y Moisés, que tenían 4 y 2 aos de edad, respectivamente, arribaron en 2004.

La patria ajena “Nos caímos y nos levantamos varias veces”, relata Delsy, enumerando los negocios que han tratado de emprender en la última década. Tuvieron un parqueadero donde lavaban carros, pero el dueo vendió el lote para construir un edificio; también una pequea compaía de reciclaje de chatarra, que se quebró con la crisis económica de Estados Unidos en 2008; y un local de legumbres y frutas llamado “Súper 100”, que las autoridades locales les hicieron cerrar porque no eran panameos.

Delsy, quien hoy tiene 49 aos, afirma que, en general, a la sociedad panamea le hace falta más sensibilidad con los refugiados. “A mi esposo a cada rato lo para la Policía en la calle y le dicen que el carné es falso”, acota.

Desde su perspectiva, las condiciones que tienen los inmigrantes en 2017 son mucho más complejas que las que le tocaron a ella. “Una colombiana, Lucila Galán, logró que el Gobierno aprobara la Ley 74, por la que nos daban la cédula de ciudadanía a los refugiados que lleváramos más de tres aos aquí. Ya es diferente, por la masiva llegada de venezolanos desde 2011, el sistema migratorio de Panamá colapsó”.
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