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Las del hospital son simplemente salas de guerra. Dos mujeres sentadas en el suelo espantan las moscas, la paciencia y la indiferencia pintan sus rostros. Mujeres para las que el tiempo no existe. esposo tiene 4 meses aqu Estamos desesperadas. Pasan los d y nadie nos da respuesta exclama Mar Beatriz Guti mientras se calla por un momento largo: hay palabras que pueden complicar una vida. “Esto es una pesadilla, mijo. No hay medicinas, la comida es p y no hay ni agua”, dice con la mirada fija y una tristeza muy parecida al olvido. Guti renunci a su trabajo para cuidar a su esposo.

deseando salir de aqu para ver a mi hija, quiero salir para abrazarla dijo Yerson D quien tiene 20 a y hace tres meses fue trasladado al hospital por un grave accidente automovil Su larga estad en el hospital se debe a la gran cantidad de tiempo que le ha tomado hacerse ex para los cuales no hay equipos. S ha logrado realizarse, con mucho esfuerzo y en otros centros de salud privados, tomograf y ecograf me quedan otros ex pero aqu no hay equipos. Por eso estoy aqu confinado, mientras reunimos el dinero para costearlos. Aqu hay que comprar del agua en adelante. Estamos sobreviviendo dice con la mirada ausente. La espera, a medida que se alarga, dispara la ansiedad.

Hay rabia en sus ojos. No es un hombre ansioso, pero s arisco. Tiene la dureza de los que resisten y logran hacerse espacio en un pa que una y otra vez les recuerda que sobran, que no los necesitan. estar ac Extra a mi familia. Mi casa. Quiero volver a trabajar. Todo esto me tiene cansado El desespero tal vez sea producto de estos d de estar encerrado y pensar, cada tanto, que esta nueva oportunidad puede ser tan in como las anteriores. los d me dicen lo mismo: que esperar expresa. A su lado, en el inc sill del acompa su hija mayor vela el agitado sue del doliente.

En este inmenso lugar de 129 a de antig r del famoso hospital Lariboisi de Par (1839) de arquitectura colonial con desgastados pasillos laterales y un patio interno con jardines abandonados, todos te miran y saben que est ah pero muchos no emiten ning tipo de sonido. Sus miradas son vac parece que no hay nadie detr de esas pupilas, es como si el alma se les hubiera apagado. Vargas como popularmente se conoce,
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parece que le llegaron las enfermedades, pero no las curas. La salud gratuita y de calidad es un recuerdo lejano para los pacientes.

Son pasadas las 10:00 am. El sol aprieta. Pedro Sor tiene los ojos m aguados, m tristes este amanecer. Con el por el suelo, un poco de susto, desesperanza y dolor. No responde a las palabras de aliento, ni termina de abrir los ojos, tampoco reacciona al bullicio de la gente que camina de un lado a otro. Pero cabecea y se aferra a los barrotes met de la cama como si se agarrara a la vida que se le escapa. Con escaso cabello alborotado, un pijama ruyido y abrazado a una almohada descolorada y rota lanza una frase: vivir un poquito m Ning diente, la s percudida sucia y las cholitas rotas.

El rostro de la ausencia se instala en Sor Tiene 85 a la edad justa para saber que su familia lo abandon y se encuentre solo en el hospital. tienen cara de buena gente! Dios los bendiga. Gracias por ayudarnos siempre Los periodistas presentes quedan en silencio con el coraz arrugado. Vol sumido en una hondura que hace que su mirada sea parte del silencio que corroe las paredes de la sala, explica su estado de delgadez. comida es muy precaria. Un sonido leve, suave y a la vez firme emerge de sus labios: pone muy triste lo que est pasando en el pa Esta no es la Venezuela en la que yo nac El silencio, de pronto, invade la escena.

“Ya estoy mentalizado de que voy a pasar mucho tiempo aqu Prefiero no hacerme ilusiones del d que me operen. Ya esta es mi segunda casa. Al principio lo m duro era que ten pensamientos de regresar a mi hogar. Pero te empiezas a acostumbrar a esto, a tu realidad dice con nostalgia, como si esta vida improvisada fuera a durar mucho tiempo, quiz a acaba por acostumbrarse a todo, por incre que parezca,
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acaba resign dice con una sonrisa amarga que llena de surcos su rostro p consumido por el tiempo.

En la sala 22 un hombre de pelo muy rapado pega un grito de desespero y sale corriendo. harto de esperar por mi operaci Nadie lo escucha: una manera de descargar tanta tristeza, tanta rabia. Se oyen los ladridos de un perro a lo lejos. El calor empegosta la piel. No hay agua en el centro desde hace 5 d En hospitalizaci m de 15 pacientes comparten un solo ba en precarias condiciones. La falta de agua agrava la insalubridad. Tres hombres pasean mugre de d y las miradas levemente perdidas de quien ya no sabe c era la vida cuando corr mejores es una pesadilla. Voy para cinco meses esperando una operaci de una pr en la pierna. Nadie me dice nada. Nadie me da respuesta explica Alexis Isturiz mientras se una estampita del coraz de Jes que toma entre las palmas de sus manos, inclina su cabeza y comienza a rezar.

Todos en la sala intentan seguir creando alguna forma de normalidad. Cualquier planificaci se convierte en una posibilidad, y la vida dentro del hospital es una sucesi de incertidumbres. las semanas es lo mismo. Ya me quiero ir a mi casa, Dios m dice una se grandota con las v muy marcadas en las piernas lechosas. La hermana la mira y asienta con la cabeza. trabajando con las u Lo que no voy a dejar es que estos tipos acaben con m seres humanos. Har todo lo humanamente posible para seguir salvando vidas. Esa es mi resistencia. para morirse hay que tener suerte susurra. Aqu no hay normalidad posible. Las instalaciones est completamente imp Hay sucio por todos lados. En los letreros escritos a mano dispersos por los pasillos se lee: hay rayos X hay agua La mayor de los ascensores est da y hay alas en completa desidia. Hasta los muros est enfermos en el hospital. Sus paredes est ro hasta el techo y sucias por el polvo. La basura, los gatos, los perros, los mosquitos y las moscas tambi conviven con los enfermos.

ruido, por momentos, tapa las palabras. qu es lo que m nos duele? Que no podemos hacer nada. nos da impotencia? Como se nos muere la gente en nuestros brazos dice un m residente mientras trata de secarse disimuladamente las l de sus ojos. Detr del m hay un cartel que reza: hay agua”. En otra puerta aparece una nota ilegible de lejos cerrada La pintura se cae de las paredes y sus muros quedan a la vista, hay ca oxidadas. En los pasillos hay pacientes con suero acostados en camillas rotas. En el Vargas hasta los cientos de gatos que pululan por los pasillos parecen tener hambre.

Los d en el hospital se van en ese refuerzo por simular la costumbre; y todo se derrumba en cada amanecer. trabajando con las u Lo que no voy a dejar es que estos tipos acaben con m seres humanos. Har todo lo humanamente posible para seguir salvando vidas. Esa es mi resistencia. Nadie se mueve, la agon contin La mayor permanece de pie. Otros duermen en el piso y otros se retuercen con sus dolores.

El Hospital Jos Mar Vargas, enclavado en el coraz de la parroquia Altagracia y concebido en el siglo XIX, vive horas cr Un reflejo de lo que se est viviendo en la gran mayor de los hospitales venezolanos y el sistema sanitario del pa Un m en exclusiva para El Nacional Web enumera el preocupante escenario. hay reactivos para cualquier examen de rutina, carecemos de insumos, no tenemos agua, los servicios son precarios. Todos los d fallece alguien en el hospital porque no hay material m quir Los pacientes mueren esperando que sus familiares lleguen de comprar los insumos necesarios,
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si es que los alcanzan a conseguir. solamente dependemos de nuestras manos y nuestros conocimientos para salvar a nuestros enfermos Hay cosas que todav le generan impresi muy duro como se muere nuestro propio pueblo. No estamos en guerra y este hospital est peor que los de Siria lamenta.

En la sala 22 huele a sudor y humedad. El calor no cede. Es la 1:00 pm y una enfermera se pone nost hab de todo, ahora no hay nada. Y pensar que este hospital fue referencia en Latinoam Era un centro de salud muy moderno se queja y no ve salida. “El otro d mi hija me pregunt por qu no me operaban y nos a casa, y yo le contest que no sab No quiero resignarme. Estoy esperando por una simple operaci del brazo. En una cl privada eso tarda un d y ya estuviera en mi casa cuenta el paciente recluido desde hace m de tres meses en el hospital. le robaron un celular a un paciente. “No hay casi mopas para enjabonar los pisos. No tenemos carrito para exprimir el coleto. Desde hace una semana no tenemos ni cloro ni desinfectante. Pero pa lante se hace? se pregunta la se del servicio. Las aguas negras pasan por los pies de la cocinera. cocina de una c es mejor. Aqu hay cucarachas e insalubridad por todos lados explica un trabajador mientras se con su dedo las mugrientas paredes y el piso donde se manipulan los alimentos.

Las historias en el hospital se van consumiendo al ritmo de la tarde. Comienza una leve gar La llovizna sobre el Hospital Vargas parece envuelta en una burbuja de tristeza, entre susurros y espasmos. Si no fuera por las carcajadas del vigilante del de pediatr reinar un min silencio apenas zumbado por el tamborileo regular de la lluvia. sala de consultas siempre se inunda cuando llueve asegura una enfermera, no sin antes preguntarse: en el pa de las riquezas m grandes del mundo puede pasar esto? Qu raro todo esto, dice enarcando una ceja.

una crisis humanitaria, genocidio, holocausto, como se llame. Es la muerte de nuestros pacientes interrumpe un m onc del hospital que prefiere mantener su nombre en reserva. m estamos aqu pero no nos pueden pedir magia. A la mayor de los m les da pavor hablar con la prensa. poco despidieron a un m por declarar a los medios. Por decir la verdad lo botan, por denunciar que la salud del hospital es p cuenta con mucha impotencia una enfermera.

Afuera, junto a unos familiares, est un muchacho de 19 a de edad conversando. Dice que la atenci de las enfermeras es buena. lo humanamente posible Son pasadas las 3:00 pm. Juan Rafael Alfaro no dec qu tanto dolor estaba soportando. Pero sus l y su pierna hinchada lo dec todo. Alfaro conversa con su madre. m de un mes aqu Ya quiero que me den de alta Ambos relatan las deplorables condiciones del lugar. no hay nada. Malpica tiene la mirada un poco perdida, habla lento. Reclama atenci mientras muestra el m de hoy. con remolacha. Yo no como esa miseria de comida. Prefiero regalarla. Mi familia me trae la comida dice con desagrado.

Afuera del hospital parece que todos corren peligro. mataron a un malandro cerca de aqu comenta el vigilante. A lo lejos el paisaje es espeluznante. Un hombre, desaforado, come entre la basura. Su hija hurga con la mirada entre los desechos y la inmundicia. En una esquina, frente a una panader hay cientos de viejitos que esperan, se impacientan, vigilan que no se colee nadie,
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esperan ansiosos por una bolsita de pan. multiplicado por mil es lo que pasa en todo el pa La cosa se va a poner muy fea”, dice el vigilante cuando el equipo de El Nacional Web ya va de salida.

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