La elección de la fecha resultó ser algo desafortunada, porque justo la noche anterior se hizo el cambio de hora, y eso significaba que se hacía de noche antes. De hecho, justo el día anterior coincidiendo con el cambio de hora, habría sido un momento perfecto para la actividad.

Por eso la subida inicial a Montaña Grande se hizo más bien deprisa. La noche nos alcanzó cuando aún nos faltaba bastante para llegar al refugio. Aunque íbamos preparados con linternas y abrigados, todo el mundo quería llegar lo antes posible.

Reconozco que esa etapa se me hizo muy dura. Casi no llego, porque el ritmo era excesivo, no porque tuviera problemas de respiración. Al día siguiente me sentí perfectamente, confirmando mi previsión de que si hubiéramos ido más despacio (saliendo antes, claro está), yo no habría tenido problemas serios.

 

No todos conseguimos subir a la cumbre. El Teide es una montaña dura, aunque no lo parezca, y no todo el mundo se siente bien a 3.700 metros de altura. Pero una chica tenía problemas en una rodilla, y se los había callado. Apenas pudo llegar al refugio, lo logró conmigo y alguno más en el grupo de los más rezagados.

Más tarde, ella comentó que le dolía la pierna. Gracias a un fisioterapeuta recibió un tratamiento improvisado, pero el diagnóstico fue categórico: si no se sentía bien al día siguiente, mejor era que no subiese. Y al día siguiente, se quedó en el refugio.

Al regreso tuvo serios problemas para bajar, y de hecho tuvimos que avisar a un grupo de montañeros de la Cruz Roja, quienes subiendo nos alcanzaron en la bajada y portaban una camilla.

En realidad, lo único que ella necesitaba era ahorrarse la caminata de Montaña Blanca, y eso hicieron. En la base, ella se volvió a unir al grupo en la "guagua" (autobús).

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